Portugal | Día 1 – Porto: Mi Colorido Paraíso

– Porto, mi ciudad querida. ¿Qué puedo decir de ti? Creo que siempre serás un atesorado recuerdo… <3

Porto fue mi primera parada en Portugal y la primera ciudad a la que viajé viajando sola; los nervios y los miedos, que arrastré durante toda la semana previa, se desvanecieron en cuanto el avión tocó tierra y me inundó la profunda sensación de que todo iría bien.

Al salir de la estación de metro 24 de Agosto, mis vista quedó totalmente cautivada por los edificios que me rodeaban. Todos ellos parecían un recuerdo al paso del tiempo; con sus fachadas oscurecidas y algunos cristales rotos, pero con su personalidad intacta.

En cuanto mis sentidos se recuperaron del noqueo visual, cogí la Rua do Bonfim y caminé hasta mi hostal, donde dejé mi mochila para irme a explorar. Me puse a deambular hacia la elegante catedral de Porto, pero sin ningún rumbo fijo. De camino me encontré con una postal de tejas rojas y edificios decorados que me llevó, por un instante, a mi querida Italia.

En ese momento y con esas vistas, haber decido descubrir la ciudad sola me pareció una de las mejores elecciones de mi vida. Me sentía genial en mi propia piel. Libre de ir y hacer lo que quisiera, sin miedo ni necesidad de dar explicaciones o escuchar segundas opiniones. Completa y absolutamente libre.

Continué mi camino hasta el interior de la catedral, aunque lo mejor se escondía en el interior del claustro. En cuanto puse un pie en su interior quedé totalmente fascinada por azulejos y por su arquitectura, que me hizo sentir como Hermione Granger paseando por Hogwarts.

Tras visitar la catedral decidí perderme por vecindario de Ribeira. El sinfín de callecitas, a cada cual más bonita, me dejó boquiabierta y es que nunca antes el color ocre me pareció tan bonito como entonces. Disfrutar de la soledad en estas calles fue una gozada y uno de mis mejores recuerdos de la ciudad (aunque, por suerte, no son pocos). Ribeira, su esencia y sus gemas arquitectónicas me dejaron completamente hechizada.

En mi particular “misión” de descubrir Porto llegué a la orilla del río Duero. Con unas vistas perfectas de Vila Nova de Gaia, la ciudad vecina al otro lado de la orilla, y del puente de Dom Louis I, este rincón de Porto parece una de esas imágenes de los libros de historia donde el blanco y negro han conseguido parar el tiempo.

Me deleité con un paseo y, para cuando me había dado cuenta, había llegado a la Iglesia de San Francisco y de allí al Miradouro da Vitória, un lugar poco concurrido y que ofrece una de las mejores vistas de la ciudad.

Cuando llegó el mediodía decidí que la primera toma de contacto con la ciudad había sido suficiente y volví al hostal, donde aún tenía que hacer el check-in. Tuve la suerte de quedarme en un edificio antiguo y de techos altos que resultó encantarme.

Una vez terminé todo lo que tenía pendiente, dejé mis cosas (esta vez ya en mi taquilla) y me fui en busca de un lugar donde comer. Conseguí encontrar un restaurante muy cerca de mi parada de metro, 24 de Agosto, donde pude comer pescado frito con ensalada, patatas fritas y arroz, pan, bebida y café por ¡sólo 5€!.

Después volví a por mi cámara y me dirigí a toda prisa hacia la orilla del Duero para poder disfrutar de la puesta de sol. Empecé, por error, en el Puente del Infante y resultó ser “un error” genial.

Diría que pasé más de una hora recorriendo los puentes de la zona de Ribeira, bajando hasta la orilla de nuevo y cruzando a Vila Nova de Gaia mientras trataba de atrapar la belleza de esa tarde. Definitivamente, una de las mejores cosas que hice en todo el viaje.

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